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La república de los sofistas
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FRAGMENTO INICIAL DE LA REPÚBLICA DE LOS SOFISTAS

Don Arturo Barros Jarpa meditaba, arrellanado en el magno trono de su despacho presidencial, sobre el porvenir venturoso de la República de San Bartolomé. Y mientras debatía con las musas sobre el devenir de los hechos de los hombres en el tiempo, se quedó dormido. Se despertó, sobresaltado, cuando un roedor ácrata le devoraba las botamangas de su pantalón confeccionado en las tierras de Albión. Con presteza se deshizo del famélico animalillo y comenzó a correr por los pasillos del Palacio de los Héroes Republicanos que, noche tras noche, era invadido por hordas de quirópteros y ratones que engullían los documentos cincelados para alegría y gloria de los bartolominos.

Con agilidad insólita ganó la calle y se dejó arrastrar hacia los barrios bajos de la ciudad, incitado por el rostro pecador de la oscuridad. Desde un bar brumoso, el grito descarnado de un beodo consuetudinario lo llamó, y acudió presuroso al cultivo de los vicios. Asomaban allí los discípulos de Baco, rompiendo con sus lanzas las barreras que dividen a los hombres; uniendo las razas, los idiomas, las fortunas, los oficios y las filosofías en torno al lenguaje común de la amistad de los licores.

Fue el ministro del Interior, don Aureliano Aspiazu y Zañartu, quien lo encontró abrazado a una jovencita, envueltos en deliciosas sábanas, en el afamado prostíbulo que regenteaba madame Claudette de la Brouchonne. Don Arturo, soñoliento y divertido, bebía lentamente las infusiones que le recetó doña Ñañila para vivir doscientos años, en tanto que su ministro procuraba disimular su desconcierto ante los senos belicosos de Mme. Claudette.

-Debemos tratar importantes asuntos de Estado, Su Excelencia- se expresó, severo y majestuoso, el doctor Aspiazu, secándose las manos humedecidas con un pañuelo primorosamente bordado con sus iniciales.

-Sí, sí, benemérito doctor Aspiazu, no me permito dudar que es en extremo importante para la grandeza de nuestra joven nación el asunto que usted desea tratar. De hecho, estimadísimo amigo, creo que será prudente conversar caminando hacia el Congreso, en donde nos aguarda el vicepresidente.

Con ojillos maliciosos y risas burloncillas, las damas se despedían del presidente y su ministro, quien, esteta apasionado por la virtud, limpiaba nerviosamente su monóculo. El aire límpido de las calles despejó las mentes y enalteció los ánimos, las almas se regocijaban ante el nuevo amanecer sobre la patria. Algún que otro ciudadano los saludaba a su paso, quizás con la secreta esperanza de ser nominado en la función pública. En el camino, los patricios encontraron a un jovencito apoyado trabajosamente a un farol, con la mirada vidriosa y despeinado. Su traje obedecía a los rigurosos mandatos de la moda vanguardista de la juventud entusiasta y esclarecida de la alta sociedad, por lo que no fue una impertinencia que el zagal dirigiera su palabra al dúo de notables.

-Distinguidos caballeros, les ruego que me permitan acompañarlos, ya que he olvidado dónde resido, si es que existe tal lugar-, y dicho esto, con dificultades bucales y extremando las precauciones del equilibrista, se desplomó sobre el presidente. Don Arturo lo cargó sobre su hombro y, con la ayuda del ministro, lo fueron llevando hasta el Congreso.